En el espacio de pocos días han muerto dos personas a las que la escena española les debe muchas horas de lectura y de formación. Estamos hablando de Joaquín Solanas y Julia García Verdugo. Ambos fundaron, en 1979, la librería La Avispa, transformada enseguida en editorial dedicada fundamentalmente a la publicación de obras de la escena española contemporánea, sobre todo, obras de creación. El minúsculo primer local, en la calle Gravina, dejó paso al que perduró durante muchos años, en la calle San Mateo, cerca, curiosamente, de la sede de la Sociedad General de Autores de Fernando VI. Ese lugar se convirtió en un auténtico avispero de teatristas, ya que todos los que queríamos estar al día de las obras de nuestros contemporáneos teníamos la obligación de pasar por allí. En La Avispa no sólo comprabas libros; Julia y Joaquín, Joaquín y Julia, te preguntaban, te decían, te informaban, se aconsejaban…; era el mejor lugar para, como decía Lope de la comedia, “se pueda saber todo”. Porque te hablaban desde la afabilidad, desde el profundo conocimiento de la escena, sobre todo Julia, que, en sus ratos libres, escribía comedias tan interesantes como El espejo, Cinco farsas del 93 (después del 92), La herencia de Juan, Nuevas amistades... Ella era la ideóloga del negocio; Joaquín, el de las cuentas. Todos teníamos claro, y ellos más, que si las letras no dan para comer, como le decía Max Estrella al Ministro de la Gobernación, intentarlo, abrir un lugar como La Avispa, suponía una empresa de titanes. Sin embargo, la edición de obras de José Luis Alonso de Santos, Alberto Miralles, Santiago Junyent, Jesús Campos, Concha Romero, Jerónimo López Mozo, Domingo Miras, Luis Riaza, José Ricardo Morales, Eduardo Galán…, y un largo etcétera que necesitaría más espacio del que disponemos, la publicación de lo que entonces denominábamos ‘teatro de hoy’, tuvo una más que aceptable recepción. Eran libros que se vendían, y que, si se agotaban, te hacían fotocopias. Un no parar. Y, junto a esa labor editorial, de alguna manera se convirtieron en auténticos animadores de la escena española. En un sotanillo que había debajo de la librería, sacaron espacio suficiente para montar lecturas de obras, o de fragmentos, con intérpretes profesionales que ellos mismos convencían con su proverbial mano izquierda. No pocos autores se dieron a conocer de aquella manera.
Hasta que la realidad hizo imposible lo que ellos, a base de tenacidad, habían hecho posible. La Avispa tuvo que cerrar porque el tinglado no daba más de sí. En el entorno del nuevo siglo, Julia y Joaquín se jubilaron. Sus impresionantes fondos se pusieron a disposición de instituciones, como la biblioteca del Teatro Principal del Burgos y la Regional de Murcia. Esta operación, triste para los propietarios de tan emblemática librería y editorial, no salió mal del todo. Porque, en 2004, tras un merecido homenaje a Julia y Joaquín, un nuevo grupo editorial, Ñaque, ocupó el mismo lugar de la calle San Mateo que tenía la antigua Avispa, y que aún sigue revoloteando por aquel paraje, ya que su actividad continúa.
Desde la Academia de las Artes Escénicas de España, no tenemos por menos que rendir merecido tributo a estas dos personalidades del mundo de la escena contemporánea, Julia García Verdugo y Joaquín Solanas, que sin duda permanecerán indelebles en la memoria de todos nosotros.